11th SUNDAY/ 11 DOMINGO [B]

READINGS
Eleventh Sunday
in Ordinary Time [B]

 

First Reading: Ez 17:22-24

Responsorial Psalm: Psalm 92:2-3, 13-14, 15-16

Reading 2: 2 Cor 5:6-10

Gospel: Mk 4:26-34

LECTURAS
Décimo Primer Domingo
de Tiempo Ordinario [B]

 

Primera lectura: Ez 17, 22-24

Salmo Responsorial: Salmo 91, 2-3. 13-14. 15-16

Segunda lectura: 2 Cor 5, 6-10

Evangelio: Mc 4, 26-34

Homily

 

    Every seed contains within it the DNA, that is, the nucleic acid, which stores the genetic information of every living organism. It is this that is responsible for the hereditary transmission, which, when the seed germinates, will determine whether it grows to be a prickly shrub or a beautiful rose bush, an orange tree or a majestic Sequoya. The gospel tells us that something similar occurs with the Kingdom of God: it begins like a seed, something small and apparently insignificant, but it grows and can give much fruit. Just as the DNA of a fertilized egg determines certain personal human characteristics – our sex and height, the color of our eyes or our intelligence – so it is with the seed of the Kingdom within us. For, the Kingdom of God is something organic: it is not a place or a thing; it is not a political or socio-economic system. It is a LIFE – a life that is lived, that grows and is shared. At the same time, it is a transcendent reality that offers us a life beyond the life we now know.

    The first reading and the gospel remind us that, when all is said and done, everything is gift and the work of God. We can only accept or reject the life He gives us as gift. We can only collaborate with God or work against Him. We know that the life we received from our parents was also a gift from God: it is a life that our parents, like the sower, had to care for, protect, nurture and mold. They collaborated with God’s plan for each one of us. And, it must be so; otherwise, human life does not develop and give fruit: it never reaches the fullness of its potential and simply dies without fulfilling its purpose. It is the same, with the seed of the Kingdom that God planted in our souls and hearts on the day of our baptism – His own life.

    The image that Jesus uses in the gospel may suggest to us what that acceptance and collaboration with God’s plan entails. The Lord gives us the seed: his Word and his Spirit. Like the sower, we can let that seed of the Kingdom fall on fertile, tilled soil that has been cleared of all scrub. We can allow the Sun of His Word shine on it; let Him irrigate it with the living water of His sacramental grace; allow Him to fertilize and nourish it with His Holy Eucharist. And, without us knowing how, that life of God within us takes root, sprouts and grows; and, it steadily transforms us into true sons and daughters of God. Then, like birds in a great cedar tree, others will be able to find shelter and rest in us. From the branches of our daily life – grafted onto the true vine in the vineyard of the Lord – will grow fruits of charity that will feed others. And so, little by little, we recover the likeness of the Lord that we lost in Paradise, until we become the Body of Christ – a pure sacrament of love.

    However, we can reject the gift the Lord gives us and blight the seed of His Kingdom planted in our hearts. That seed can be snatched by the evil one, when we allow him to seduce us and lead us to unbridled pleasures, vices, jealousies and resentments. Or, possessing little conviction, at the first sign of difficulties or of a challenge, we let the sprout of that seed wither; and, because it has no roots, it dies. Or, we can let ourselves be drawn by power, or wealth and possessions, or the values of this world; which, like sailors lured by the Sirens’ song, lead us to shipwreck, leaving behind only the detritus of frivolous and sterile lives. (cf. Matthew 13: 18-23).

My brothers and sisters let us collaborate with the Lord, our God, and allow Him to work in us. Once in a while, He will have to prune the overgrowth of our pride, of our attachments and our comfort so that we might give fruits of justice and love. Occasionally, He will need to humble us, to remind us that everything is a gift, that nothing is ours and that everything we have has been merely entrusted to us. Because, the Lord, our God: “Brings low the high tree, lifts high the lowly tree, withers up the green tree, and makes the withered tree bloom…” Then, like Saint Paul, we will walk by faith, not by sight. And, trusting in Him, we will only aspire to please Him, as we await that new heaven and new earth that – counting on us – He will bring to birth.

Rev. Modesto Lewis Pérez, J.C.D.

Homily – 11th Sunday of Ordinary Time [B] © 2015 by Rev. Modesto Lewis Pérez, J.C.D. All rights reserved.

Vincent Van Goghf_The Sower

Cedar-of-Lebanon,-adr090510670-hr-bibleplaces

Homilía

 

     Toda semilla tiene dentro de sí el ADN, es decir el ácido nucleico que almacena la información genética de cada organismo vivo. Este es responsable de la transmisión hereditaria que determina si al germinar, la semilla hará brotar una zarza o un bello rosal, un naranjo o un majestuoso secuoya. El evangelio nos dice que algo semejante ocurre con el Reino de Dios – comienza como una semilla, algo pequeño y aparentemente insignificante, pero llega a crecer y dar mucho fruto. Así como el ADN del óvulo fertilizado determinará ciertas características de nuestra persona – nuestro sexo y estatura, el color de nuestros ojos y nuestra inteligencia – así la semilla del Reino en nosotros. Pues, el Reino de Dios es algo orgánico: no es un lugar, ni un sistema político-económico, ni una cosa, sino una VIDA – una vida que se vive, que crece y que se comparte. Es a la vez una realidad trascendente que nos ofrece una vida más allá de esta que ahora conocemos.

    La primera lectura y el evangelio nos recuerdan que todo, a final de cuentas, es don y obra de Dios. Nosotros solo podemos aceptar o rechazar la vida que se nos regala. Solo podemos colaborar con Dios o trabajar en su contra. Sabemos que la vida que recibimos de nuestros padres es regalo de Dios: es una vida que nuestros padres, como el sembrador, tuvieron que cuidar, proteger, nutrir, y educar. Ellos colaboraron con el plan del Señor para cada uno de nosotros. Y debe ser así; pues, de otra manera, la vida humana ni se desarrolla ni da fruto – no alcanza jamás la totalidad de su potencial y simplemente muere sin lograr su propósito. De igual manera ocurre con la semilla del Reino que Dios plantó en nuestras almas y corazones en el día de nuestro bautismo – su propia vida.

     La imagen que Jesús usa en el evangelio nos puede sugerir en qué consiste esa aceptación y colaboración con el plan de Dios. El Señor nos da la semilla: su palabra y su Espíritu. Como el sembrador podemos hacer caer esa semilla del Reino en terreno fértil, trabajado – limpio de toda maleza. Podemos dejar que brille sobre ella la luz de Su Palabra; que Él la irrigue con el agua viva de Su Gracia sacramental; que la nutra y abone con Su Santa Eucaristía. Y, sin saber cómo, esa vida de Dios en nosotros germina, echa raíces y crece, y nos va transformando en verdaderos hijos e hijas de Dios. Entonces, en nosotros, al igual que las aves en un gran cedro, otros podrán encontrar sombra y descanso. De las ramas de nuestro diario vivir, como las de una parra en el viñedo del Señor, brotarán frutos de amor que alimentarán a los demás. Y, poco a poco, recobramos la semejanza a nuestro Dios, perdida en el Paraíso terrenal, hasta convertirnos en el Cuerpo de Cristo – un sacramento puro de amor.

     Pero, podemos rechazar el regalo que el Señor nos hace y malograr la semilla de su Reino. Podemos dejar que el maligno nos arrebate esa semilla que el Señor sembró en nuestros corazones permitiendo que nos seduzcan los placeres desenfrenados, las adicciones, los vicios, los rencores y resentimientos. O, siendo inconstantes, a la primer señal de problemas y de pruebas, podemos hacer que el brote de esa semilla se marchite; se seque por falta de raíces; y muera. O, podemos permitir que la atracción del poder, del dinero y de los valores del mundo – como las sirenas, que con su canto atraían a los navegantes – nos lleven a la destrucción, dejando atrás las ruinas de vidas frívolas y estériles (cf. Mateo 13, 18-23).

     Hermanos y hermanas, colaboremos con el Señor nuestro Dios, dejando que Él obre en nosotros. De vez en cuando deberá podar el crecimiento excesivo de nuestra soberbia, de nuestros apegos y comodidades para que demos frutos de justicia y de amor. En ocasiones, tendrá que humillarnos para recordarnos que todo es regalo, que nada es nuestro y todo nos lo ha prestado. Pues, Él, “humilla los árboles altos y eleva los árboles pequeños; Él seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos…” Entonces, como San Pablo, caminaremos guiados solo por la fe, sin ver todavía. Y, llenos de confianza en Él, solo procuraremos agradarle, mientras que aguardamos ese nuevo cielo y esa nueva tierra que, contando con nosotros, Él hará nacer.

Rev. Modesto Lewis Pérez, J.C.D.

Homilía – 11er Domingo Ordinario [B] © 2015 por el Rev. Pbro. Modesto Lewis Pérez, J.C.D. Todos los derechos reservados.